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Presas políticas del siglo XXI (2)

[viene de ayer]
Si queremos dar el salto de la experimentación marginal a un impacto en los círculos mayoritarios, ¿como traducir nuestro discurso a un lenguaje en el que se reduzcan las posibilidades de manipulación e instrumentalización? Obviamente no hay una respuesta a esta pregunta, sino que se trata más bien de plantearse la necesidad de problematizar el proceso en todo momento, a sabiendas de que no hay soluciones fáciles.

Podríamos hacer comparaciones con numerosos mártires, visionarios y presos políticos del pasado, sin embargo, aunque es importante recordar las similitudes también creo que las circunstancias han cambiado radicalmente y precisamos entender cómo funcionan los mecanismos mediáticos de instrumentalización en el capitalismo de los afectos actual, cómo estos operan de la mano de los dispositivos legales e institucionales, cómo opera a su vez la instrumentalización política en relación con aquellos.

Ahora que se ha producido el desbordamiento, ¿cómo articular las resistencias frente a los múltiples frentes de instrumentalización? No espero dar respuestas, sino más bien problematizar el panorama añadiendo más preguntas.

Todo esfuerzo es poco a la hora exigirle a los medios de comunicación y las instituciones políticas, incluso por vías legales, que se abstengan de instrumentalizar la acción, o que si lo hacen no sea a costa del borrado de las resonancias, intencionalidades y potenciales más amplios del acto. Ahí tenemos que analizar y combatir cada traducción indeseada que los medios e instituciones han hecho a la hora de referirse al acto: cómo éste se desvirtúa gramatical y morfológicamente en cada acto de lenguaje.

En cuanto al desenvolvimiento legal creo que hace falta un debate amplio sobre las leyes que regulan el lugar de culto como lugar de excepción: el párroco tiene libertad para promover campañas y divulgar proclamas homófobas, pero las comunidades que ataca no tienen derecho a manifestarse en ese espacio aun cuando sus reivindicaciones están avaladas por todo tipo de leyes y por la propia Constitución. Haría falta un estudio genealógico-legal para ver cómo está articulado este estado de excepción de los lugares de culto: ¿son públicos o privados? ¿Están sujetos a las leyes que regulan el espacio público, y si no, por qué? ¿Como se sostiene en un estado laico que los lugares de culto sean espacios de excepción política?

Todo esto tiene sus raíces en una larga tradición cultural humanista y en sus nociones de libertad de conciencia, que genera a priori un espacio de excepción política para conciencia como tal. El lugar de culto en ese sentido es un no-lugar, no en el sentido de Marc Augé, sino porque se convierte en un lugar-de-la-conciencia, que no se somete a las leyes de otros espacios. Deja de considerarse un espacio físico y público para pasar a formar parte del dominio del espíritu. La exhaustiva delimitación de ese territorio ficticio tiene mucho que ver con la necesidad de reafirmar territorios de poder eclesial en tiempos ilustrados y entronca a la perfección con el dualismo cartesiano sujeto-objeto. Las iglesias se regulan como espacios de la mente, del espíritu, del alma… y la irrupción corporal, como la que hicieron las activistas en la capilla de la complutense, desgarra hasta los cimientos este principio. El acto en la complutense, con su irrupción corporal, desgarra el tejido más profundo y problemático de la tradición humanista: donde el sujeto abstracto se confunde con el espíritu y el alma en la conciencia religiosa descorporeizada.

Tomarse en serio estas consideraciones implicaría no solo la reformulación de un puñado de leyes, sino de la noción misma de legalidad, asociada a la agencia de un sujeto-conciencia abstracto, humano, adulto, cuerdo, y que en muchos países del mundo sigue siendo solo masculino.

Por otro lado ¿cómo definimos la noción de profanación? No es de esperar que dentro de la institución eclesiástica se produzca debate alguno en esta línea sin embargo “clama al cielo” que los discursos homófobos de la Iglesia, que incitan entre otras cosas al odio y al suicidio (de adolescentes en particular) no se consideren una profanación, mientras el legítimo derecho a manifestarse contra estos ataques milenarios sí lo sea.

¿Cómo se construye el discurso legal de lo sagrado como no-lugar descorporeizado? ¿Cuál es su genealogía por la que se sacraliza arbitrariamente un tipo de violencia y se demoniza lo que ejerce resistencia contra ella? ¿Cómo articular un discurso legal que defina claramente a las activistas sobre las que pesan condenas de cárcel y multas como presos políticos? ¿Cómo definir legalmente la violencia de conciencia de la Iglesia como violencia corporal?

Una vez más nos topamos con los cimientos fundamentalistas de la tradición humanista, con sus visiones universalistas en blanco y negro y sus concepciones del Bien, sujetas a la interpretación de jueces, y sobre todo a la malinterpretación mediática: y aquí volvemos a la cuestión del afectocapital, el actual régimen de producción de afectos y deseos del consumismo y el capitalismo tardío: es preciso entender que lo que interesa a los medios de comunicación con sus groseras manipulaciones no es la producción de opiniones e ideas, sino la diseminación de afectos, es por ello que se recurre a tópicos asumidos, fácilmente reproducibles, que se convierten en una coreografía contagiosa más allá de cualquier ideología. Estamos lidiando con los fantasmas arraigados de una tradición que intenta sobrevivir en tiempos del capitalismo de los afectos, donde lo que dice ya no tiene ningún sentido en si mismo, sino como instrumento de seducción y asimilación.

Sacralización de los medios de comunicación: donde estos han ocupado el lugar de la religión, como opio del pueblo y como territorio de poder por excelencia, es preciso focalizar las estrategias. Lo que nos ocupa no es la religión y la iglesia sino su funcionamiento como parte de una política medial en la que tanto la Iglesia como los colectivos lgtbiq son piezas de un tablero económico más amplio donde los medios de comunicación, con su persistente borrado cartesiano del cuerpo, han ocupado el lugar de lo sagrado.

Entender cómo lo molecular puede instrumentalizarse en cualquier momento al servicio de ese régimen de producción de afectos es cuestión de supervivencia política. La persistencia en los márgenes es otra. Y especialmente la invención de nuevas formas de invadir con los cuerpos los espacios descorporeizados. Corporeizar lo sagrado es acaso desacralizarlo. Desacralizar los medios de comunicación es acaso la tarea más urgente, y la más ardua.
por Jaime del Val