Tomamos este texto de CARLOS F. BARBERÁ publicado en al andar nº278, revista católica.

sirenita

De una exposición de abril en Bilbao, local en el Casco Viejo

El asalto a la capilla del campus de Somosaguas me ha traído recuerdos de hace más o menos 25 años. Por aquel entonces formaba parte del equipo de la pastoral universitaria de Madrid, liderado por Juan María Laboa. El año 1983 presentamos al cardenal Tarancón un informe en el que abogábamos por la supresión de las capillas de las facultades de la Universidad Complutense. Es evidente que el cardenal no aceptó la sugerencia y mucho menos su sucesor, el cardenal Suquía. Al poco tiempo, todo el equipo dimitió.

Personalmente fui capellán de la Escuela de Ingenieros de Montes y de la de Ingenieros Aeronáuticos. En la primera había una capilla aún con el altar de espaldas -eso sí, con un retablo de Angel Ferrant-; en la segunda no había capilla alguna. Haciendo un juicio global, diría que la ausencia de capilla ayudó a encuentros más a la intemperie con alumnos creyentes interesantes y la capilla de Montes servía sobre todo para alimentar la piedad de alumnos muy conservadores.

Recuerdo una anécdota que, evocada ahora, me resulta significativa: en la Escuela de Montes una mañana apareció el tablero de anuncios tapado por un gran cartel que decía: “La Escuela necesita un sagrario. Puedes colaborar con oraciones y limosnas”. Reuní de urgencia al grupo responsable del anuncio y le argumenté que la Escuela no necesitaba un sagrario, que, en todo caso, eran los católicos y que debían haber reducido su anuncio a ese ámbito. Entretanto las respuestas escritas no se hicieron esperar: “buitres”, “¿de qué vais?”, “pero ¿es que el tablón es vuestro?” y cosas por el estilo. Alguien escribió más abajo: “yo no entiendo de estas cosas pero me parece que lo que tenéis que hacer es buscar pelas”. Respuesta: “en las cosas de fe, el dinero no es importante”. Contrarrespuesta: “Sólo un tonto dice tantas tonterías”. En fin, una pequeña guerra de religión o al menos de eslóganes. En aquel tiempo aún no se desnudaba nadie en una capilla.

Pero yendo a la actualidad: ¿para qué hace falta una capilla en una facultad? No para decir misa una vez a la semana. Para eso ya hay suficientes eucaristías en los cientos de parroquias de la ciudad. Acaso para tener un lugar de recogimiento o de oración. En un tiempo en que ateos y creyentes hablan de espiritualidad, un espacio con esa destinación no parece ocioso. Pero para este fin habría que habilitar un ámbito interconfesional, un espacio “sagrado” que acogiera todas las creencias e, incluso, las no creencias.

Como es sabido, Daj Hammarskjöld, el secretario general de la ONU hasta su muerte en accidente en 1961, un hombre de talante místico, logró que en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York hubiera un meditation room, una habitación para meditar, un espacio rectangular, cerrado por unas vidrieras de Chagall y con una piedra de granito en el centro. Creo que en la actualidad sería bien interesante que en muchos edificios de uso común existiera algo parecido y que hubiera gente que lo utilizase. También en las universidades.

No sé si, para terminar, tengo que aducir muchas razones. Una, sin duda de peso, es la de que la Iglesia renuncie a privilegios. Otra, también importante, es que, en un tiempo ecuménico, la intención interconfesional debe estar en la base de asuntos como el que nos ocupa. Y buscando una referencia bíblica: ¿no dice Jesús en el Evangelio: “a quien te pida la capa dale también el manto”? Nunca he visto que la Iglesia haya cumplido ese precepto. Pues qué ocasión más buena para hacerlo.